30 de junio de 2012

Clones


La idea de Carlos sobre los paquetes cilindrico-cónicos de energía discreta era la “chispa” que necesitábamos. Pero si lo hacíamos en el laboratorio, las mismas cámaras nos robarían la idea, así que no había razón para estar encerrados.

Nos fuimos a unas ruinas con el material para probarlo, y de la impaciencia nos vimos allí a las cinco de la mañana. Tuvimos que usar linternas para explorar el sitio. Encontré un aljibe desprotegido. Cuadrado, profundo, y con una polea funcional. “Perfecto para remojarlo todo si lo vemos a punto de explotar”, comenté.

- ¿Con lo que nos ha costado el equipo? -se sorprendió Álvaro.
Isabel y yo nos ocupábamos de las mediciones preliminares.
- Apuesto a que el estado del decaimiento es líquido -dijo Isabel.
- No seas cruel -repliqué.

Carlos estaba repasando los cálculos con Álvaro.
- ¿Divididos? ¡Qué haces! -se exasperaba Carlos- La longitud de onda se multiplica por los segundos.
- ¡Soy bueno, es que no te explicas!
- Aquí no estamos midiendo velocidad. La inversa es el factor independiente. Date prisa con el algoritmo, que ya verás lo que nos queda.
Se entretenían.

Isabel tenía el pelo rizado hacia uno de los lados. Castaño claro, ojos verdes, pálida, bonita. Un vestido blanco holgado. Cogía margaritas y se las ponía en el bolsillo de la bata. Tanto blanco deslumbraba. Puse a prueba el cubo del aljibe. Por desgracia, Carlos no pudo resistirse. Le dijo a Álvaro: “Sigue tú”. Tiró las ecuaciones sobre su regazo y vino hacia mí a toda velocidad gritando: “¡Agua!”. Caí, pero me pude agarrar a él a tiempo, y nos vimos los dos en el pozo.

- Muy listo, pero esto es mucho menos divertido desde que nos podemos cargar los móviles.
- ¿Qué importa el dinero? -dijo Carlos- ¡Si esto funciona seremos millonarios!
- Tampoco has dejado a ningún musculitos fuera para que nos saque.

Álvaro era bajito y flacucho, e Isabel muy delgada. Sacaron primero a Carlos, con mucho esfuerzo y varias caídas. Luego fue más fácil sacarme a mí. Eso nos retrasó una hora.

- Está terminado -dije.

Isabel había dejado el mechero prendiendo a trompicones, y la presión indicaba una fuga de argón, pero nada peligroso. La radiación beta se mantenía dentro de su caja.

- ¡Genial! -dijo Carlos- ¿Y quién lo probará primero? Los animales fueron bien, pero es la primera con un valiente. Podría morir, o lisiarse; ¡da igual el riesgo!, esto es historia: iré yo.

Se metió en el escáner y le di al botón. “Deberías haber puesto mis luces rojas”, susurró Álvaro. “Parecería más futurista”. Apareció en pantalla la imagen de Carlos. La leyenda mostraba poca electronegatividad en la captura. Solté inercia y empezó al zumbido. Isabel tenía la boca abierta. Álvaro se apretaba las manos. La impresora ribosómica se puso en marcha con los polímeros y empezamos a ver un zapato. Luego una pantorrilla. La máquina copiaba su ropa, incluso. Entonces lo vimos hecho, el clon de Carlos bien perfilado, con su mirada vacía. El zumbido se apagó, y el clon cayó al suelo.

- ¿Qué ha pasado? -preguntó Carlos.
Ninguno era médico, pero yo ya había intuido esa posibilidad. Tumbé el clon boca arriba e intenté darle un masaje cardíaco. A los cinco segundos despertó.

- Soid ragój alom, alom -balbuceó.

Álvaro se acercó con el geiger, pero los ojos se licuaron antes de empezar la medición. Se le cayó el pelo. Luego, se derritió por completo.

- Madre mía -Carlos no podía dejar de mirar la pasta marrón en que se había convertido.
- Te lo dije -me susurró Isabel-. Pero prueba esto: una vez hayas formado la imagen, reduce el tiempo de retención. Eso debería ajustar la indeterminación lo suficiente como para colocar los leptones en su sitio.
- ¿Quién es el siguiente? -pregunté.
Álvaro levantó el dedo índice. “Creo que me ofrezco”, dijo.

Revisé los generadores para probar una cosa. Cuando la imagen se formó, aumenté la energía y reduje la retención a una milmillonésima parte de lo que había conseguido con Carlos. Luego aproveché la inercia que había liberado para potenciar la impresora, y conseguí que la imagen se formase más rápido. Cuando el clon de Álvaro estuvo formado, no esperé a que cayese al suelo. Lo golpeé en el corazón mientras estaba de pie, y entonces lo agarré. Antes de bajar del todo, estaba consciente.

- ¿Ha funcionado? -preguntó el clon.
- Increíble -respondió Isabel.

Habría resultado más sorprendente si no hubiésemos trabajado tanto para llegar hasta ese punto. El primer clon molecular consciente de la historia era Álvaro.

- Una cosa -interrumpió Carlos-, creo que sólo tenemos material para una impresión más.
- ¿Qué? ¡Trajimos cien kilos de grafito!
- Es el nitrato potásico -dijo-, lo estamos gastando muy rápido.

Le eché un vistazo al clon, que aún seguía en mis brazos, descansando y probablemente sintiendo cómo la sangre volvía a fluir por sus venas. Luego miré la pasta de Carlos.

- Debe ser la ropa -concluí.
- ¿Los vaqueros?
Miré a Isabel.
- Tú no llevas vaqueros.
- Me ofendería no intentarlo -se rió.

Álvaro y su clon se acercaron a hablar. “¿Así es como se ve mi nuca? La imaginaba peor”. Esperaba que no le cogiese cariño. Saqué la imagen de Isabel, hice una copia de seguridad y repetí la operación, solo que esta vez no golpeé lo bastante fuerte. Seguía inconsciente al llegar al suelo. El masaje no hizo nada en cinco segundos, así que probé a soplar aire en su boca. Cuando lo hice noté un movimiento reflejo, una especie de vibración, y le tomé el pulso.

- Inconsciente, pero viva y respirando -dije.
- ¡Déjame verla! -Isabel me apartó.

La examinó por completo: “Lo hemos conseguido, es exactamente igual”. Le pedí a Álvaro que hiciese la medición. Pusimos a los dos clones sentados junto a una de las columnas del aljibe. El de Isabel despertó y hubo que calmarla, pero el clon de Álvaro se ocupó de ello. “No te asustes mucho, que para lo que vamos a vivir…”: Álvaro siempre tuvo una forma curiosa de animar a la gente.

- Esto no puede estar bien, Álvaro. Vuelve a medir -Carlos no paraba de pasar las hojas de su libreta-, ¿seguro que la ionizante es nula?
- Es lo que pone el cacharro.

Me acerqué a ayudarles. “Con los datos que me ha dado Álvaro, me sale que los clones van a durar veinte horas”, explicó. “Eso tiene que estar mal”, dije, “esperábamos ocho minutos”. Me mostró su libreta. Habían vuelto a hacer una curva lineal, como al principio en el laboratorio. “Venga, Carlos, no repitamos errores. Haz la exponencial y marca el límite en un 80%”. Corrigió los cálculos: “Tres horas”.

- La mala noticia es que no habrá cerveza para todos -bromeó Isabel.
El estómago del clon de Álvaro empezó a rugir.
- Espero que haya comida -dijo.

Sacamos la mesa y nos hicimos unos sándwiches. A la sombra del arco principal de las ruinas se estaba bien. Albino y su clon peleaban en broma, revolcándose por el suelo. El clon de Isabel pasó por mi lado y se sentó.

- No sé por qué hacen eso -le dije-, si saben que ninguno de ellos ganará la pelea.
- Quizá es eso lo que lo hace divertido.
- Supongo que tienes razón. La tuviste con lo del estado líquido.
- Por favor, ahora me hace mucha menos gracia esa broma.
- ¿Acaso tienes miedo?
- Voy a morir. Lo sabía antes de meterme a la máquina. Pero por alguna razón pensaba que yo me quedaría en el lado original. Lo que no se me ocurrió es que también acabaría con una esperanza de vida tan corta. Somos copias exactas, o al menos lo éramos hace media hora. Seguimos siendo iguales, con la excepción de que voy a estar danzando por estas ruinas tres horas y nada de lo que haga merecerá la pena.
- No tiene por qué ser así. Tu influencia sobre el mundo no tiene por qué ser nula. Cuando ocurra, yo seguiré recordando este tiempo contigo.
- Ya, pero ella no.
- Estamos acostumbrados a que, cuando hablamos con alguien, el fruto de la conversación vaya por ambas partes. Pero no funciona así, es sólo una ilusión. El noventa por ciento siempre se olvida, y del diez por ciento restante, sospecho que es más fácil recordar lo que te han dicho. Lo que hable contigo es como si lo hablase con ella y ella lo olvidase, como probablemente haría.
La clon seguía mirando al infinito, y me puso la mano en el muslo sin apartar la mirada.
- ¿Y qué harías tú si te quedasen tres horas de vida?
Álvaro y su clon se estaban masajeando la espalda.
- No estoy seguro -respondí-, supongo que ayudar.

Al ver que nos marchábamos al fondo de las ruinas, la Isabel real se dio cuenta y me gritó.
- ¡Ey! ¿Adónde vas conmigo?
- Voy a hacer unas cosas con tu doble -traté de disimular-. La vida es corta.
- Al menos para mí, déjame en paz -se espetó.
- ¡Los clones no son para eso! ¡Es asqueroso! -contraatacó la real.
- ¿Acaso somos para lo que tú quieras?
La Isabel real me miraba roja de ira y asco. Yo me encogí de hombros.
- Tienes razón -dije, y me fui con ella.
Álvaro y su clon seguían tumbados en la pared.
- ¿Y yo qué? -preguntó el clon de Albino.
- Siempre he tenido curiosidad -dijo el real.

Acabamos exhaustos, sudando y con la vista borrosa. Isabel se recostó a mi lado y le puse el brazo de almohada. Sus pezones brillaban con la luz del sol. Desnuda no deslumbraba.
- ¿Lo has disfrutado? -pregunté.
Se giró y me abrazó.
- Antes no lo has pensado mucho -dijo-, cuando te he preguntado lo que harías.
- Supongo que tendría que verme en situación. Claro que ayudar es lo correcto, y tu vida cobra sentido con lo que haces. Pero si he respondido tan rápido es porque me lo he imaginado desde fuera. Desde dentro, está la tentación. Son tres horas para hacer todo lo que vayas a hacer. La llamada del egoísmo es poderosa. Quizá intentase disfrutar lo máximo posible sin preocuparme de lo que se espera de mí.

Isabel se levantó y se puso el vestido.
- Esto ha sido un error -dijo.
Intenté acariciar su espalda, pero me apartó la mano.
- ¿Recuerdas cuando trabajábamos en el escáner molecular? No nos conocíamos mucho, así que siempre ibas por tu cuenta. Sabía que me mirabas, pero imaginé que se te pasaría. Hoy han cambiado las tornas. Ni yo misma hablaba conmigo. Has sido el único que me ha prestado un poco de atención. Por eso lo he pensado. Que podía hacer algo por ayudar.
Parecía triste, pero no había nada que pudiese hacer.
- Eres un idiota, pero no eres superficial. No has hablado conmigo por eso. Dime que ya no soy interesante.
Bajé la cabeza, no podía decirlo.
- ¡Dilo! No tardó mucho en rendirse.
- Esto no ha funcionado. ¿Cuánto tiempo me queda?
Saqué el móvil. Estaba roto. “No estoy seguro”, dije.
Ella miró el sol. Estaba bajando.
- Creo que prefiero estar sola.
Empezó a caminar entre las matas.
- ¿Dónde vas a ir?
- No importa. Seré líquido. Prefiero que nadie lo vea.
Traté de seguirla un rato, pero vi que no tenía sentido hacerlo.

Regresé con los demás. Carlos e Isabel estaban acabándose la cerveza. Isabel no podía ni mirarme a la cara.
- ¿Dónde ha ido Álvaro? -pregunté.
- Ha seguido tu ejemplo. ¿Y ella?
- Líquido -respondí.
“Es hora de recoger esto, mañana lo anotaremos todo”, dije. Empecé a meter las máquinas en el remolque, pieza por pieza. Cuando llegó Álvaro pude desmontar los medidores ambientales. Estaba animado. En el viaje de vuelta, le tuve de copiloto.

- Estoy pensando una cosa, Álvaro -dije-. Aunque al principio tu clon fueses tú por completo, en el momento en que dio un par de pasos individuales ya no erais la misma persona, sino dos mentes separadas.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Pues que no contaría como masturbación.
- Supongo que eso me hace homosexual. Al menos puedo decir que encontré al hombre adecuado.

Por el retrovisor, vi cómo Isabel se acurrucaba en el hombro de Carlos. Él tenía su cara y ella su muslo. Yo tenía un disco duro en la guantera.

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